El Obispo Primado intercambia mensajes de esperanza en Puerto Rico mientras persisten los problemas después del huracán

El obispo de Puerto Rico, Rafael Morales, le da un juguete a un niño durante una visita a una clínica temporal en Toa Baja que fungió también de estación de socorro para [damnificados por] el huracán el 3 de enero. El obispo primado Michael Curry, a la derecha, que estaba en medio de una visita pastoral de dos días, ayudó a distribuir los juguetes junto con los tres Reyes Magos que iban con sus trajes típicos. Foto de David Paulsen/ENS

[Episcopal News Service – Toa Baja, Puerto Rico] El obispo Rafael Morales no da la impresión de que sigue inmerso en su trabajo. Llevaba apenas dos meses al frente de la Diócesis de Puerto Rico cuando el huracán María devastó la isla en septiembre, y desde entonces, su personal y el clero de la diócesis han movilizado las iniciativas de ayuda con tal determinación que esta semana le ganaron el reconocimiento del obispo primado Michael Curry durante sus dos días de visita.

 

El huracán María fue y sigue siendo una catástrofe sin paralelo, dijo Morales, pero él está aprovechando la oportunidad para ministrar a sus compatriotas puertorriqueños.

“Nuestra gente tiene buen corazón”, dijo él el 3 de enero, en camino al pueblo costero de Toa Baja acompañado por Curry. La cultura de Puerto Rico es de acción de gracias, afirmó Morales. “Esta diócesis es una diócesis de esperanza”.

Curry estuvo en Puerto Rico de visita pastoral y predicó el 3 de enero por la noche en la catedral episcopal de San Juan, la capital de este territorio de EE.UU. En la escala que antes hiciera en Toa Baja, a Curry y su delegación les presentaron Abrazos de Amor, una serie de clínicas itinerantes que la diócesis ha ofrecido desde el huracán a través del sistema de salud que dirige. Este y otros ministerios se han fortalecido gracias a las asociaciones ecuménicas y a la colaboración de agencias federales, instituciones locales sin fines de lucro y el Fondo Episcopal de Ayuda y Desarrollo.

Para el evento de Abrazos de Amor en Toa Baja, se levantaron tiendas en un solar yermo de suelo de gravilla que proporcionó la congregación local de los Discípulos de Cristo, la cual también envió voluntarios que llevaban gorras y camisetas con el mensaje “Ama como Cristo”.

“Gracias por lo que han hecho. Es la obra de Dios”, dijo Curry al pastor de los Discípulos de Cristo, el Rdo. Prudencio Rivera Andújar y a su esposa Azalia Gómez.

Curry anduvo a través de las tiendas dando estrechones de mano y abrazos a los voluntarios diocesanos y a algunos de los cientos de residentes que habían venido a esta clínica de un día de duración. Esperaban su turno para que les midieran la tensión arterial, les tomaran muestras de sangre, los vacunaran, les dieran repuestos de recetas y otros servicios médicos, todos ellos ofrecidos gratuitamente por médicos y enfermeras del hospital episcopal San Lucas, que tiene su sede en Ponce.

Todo el mundo del sistema del San Lucas participó en las clínicas temporales, le dijo a Curry Jesús Cruz Correa, director médico del hospital. “Rotamos los médicos”. Los pacientes que necesitan ulterior atención médica los remitimos al hospital para visitas de seguimiento.

Un camión del hospital, estacionado cerca de una de las tiendas, estaba lleno de alimentos, agua y artículos de aseo personal para distribuírselos a las familias. El almuerzo y la música estaban incluidos en el evento, junto con actividades para los niños.

Morales, que pasó siete años como sacerdote en Toa Baja, fue un anfitrión entusiasta, riéndose con frecuencia y mostrando su sonrisa contagiosa casi siempre. Él es un episcopal que habla constantemente de sus bendiciones, de las bendiciones de la diócesis, de las bendiciones de su gente, incluso en un momento de tantas privaciones. La iglesia se siente motivada a interactuar con la comunidad, afirmó él.

“Es una bendición, es un ministerio”, le dijo él a Curry horas antes ese día luego de saludarlo en el hotel de San Juan. “Ahora tenemos momentos difíciles, pero Jesús nos está bendiciendo”.

Meses después del huracán, los habitantes de la isla aún se enfrentan a dificultades

La escena en torno a Toa Baja, a unos 20 minutos al oeste de San Juan, apenas insinúa la magnitud del desastre que aún afecta a gran parte de la isla más de 100 días después que la tormenta azotara como un violento huracán de categoría 4. Tocó tierra el 20 de septiembre con vientos sostenidos de 249 kph, interrumpiendo el servicio eléctrico y telefónico de los 3,4 millones de habitantes de la isla. Causó aludes de lodo, destruyó casas y empresas, derribó árboles y provocó extrema escasez de alimentos y agua potable.

La cifra oficial de muertes debido a la tormenta es de 64, pero un análisis del New York Times el mes pasado sugiere que la cifra real de bajas mortales es exponencialmente mayor, ascendiendo posiblemente a 1.000 fallecidos.

Los daños a la infraestructura de Puerto Rico han sido particularmente devastadores. La oficina del Gobernador anunció la semana pasada que sólo se había restablecido el servicio eléctrico a un 55 por ciento de clientes en toda la isla, y que el regreso del alumbrado en algunas zonas remotas podría no ocurrir hasta mayo.

En Trujillo Alto, un poste de la electricidad descansa derribado a la orilla de la carretera que conduce a las oficinas de la diócesis episcopal, en un barrio de los que todavía no tienen servicio eléctrico. Algunos reflectores en las carreteras del pueblo sólo recientemente han comenzado a funcionar de nuevo, pero hasta esta semana el equipo de Morales trabajaba en un edificio que aún depende de un generador.

Algunas comunidades de las montañas del interior se han visto aun más afectadas. “Las carreteras están completamente destruidas”, dijo el Rdo. Edwin Orlando Vélez a través de una traductora mientras visitábamos la clínica de Abrazos de Amor en Toa Baja.

Orlando Vélez atiende a dos congregaciones en la parte centrooccidental de la isla, en los pueblos de Lares y Maricao. Muchas personas aún se encuentran sin electricidad ni agua, dijo él. Debido a los deslaves y el derribo de árboles, resulta difícil conducir.

Las iglesias están trabajando con los gobiernos municipales para ayudar en la limpieza, pero Orlando Vélez y otros sacerdotes también han estado ministrando a víctimas del huracán mediante visitas a los hogares. Con frecuencia encuentran que sostener la mano de alguien y escuchar sus historias marca la diferencia.

“Yo diría que tienen muy buen ánimo”, afirmó él. “La gente en las montañas está acostumbradas a pasar trabajo. Debido a eso tienen una actitud de aceptación”.

Algunos de los sacerdotes de la diócesis perdieron sus hogares. Otros no tuvieron electricidad en sus iglesias hasta que recibieron generadores, gracias al Fondo Episcopal de Ayuda y Desarrollo y otras entidades de la Iglesia, tal como la Diócesis de Maryland.

En los primeros días después de la tormenta, con las líneas telefónicas caídas y el servicio de celulares inestable, el Fondo Episcopal de Ayuda y Desarrollo logró conseguir teléfonos satelitales para la diócesis, de suerte que el equipo de Morales pudiera coordinar iniciativas de ayuda pastoral y médica con clérigos que se encontraran lejos. El Fondo Episcopal de Ayuda y Desarrollo también ha costeado alimentos y agua y, debido a su experiencia en huracanes anteriores, está ayudando a la diócesis a coordinar esfuerzos con agencias federales y otras organizaciones humanitarias.

Rob Radtke, presidente del Fondo Episcopal de Ayuda y Desarrollo, que acompañó a Curry en su visita de dos días, definió a Puerto Rico como “una diócesis de alta capacidad”. La diócesis ha potenciado exitosamente su sistema de atención sanitaria como parte de las iniciativas de ayuda, explicó él, y se ha beneficiado de un liderazgo emprendedor y bien organizado con genuino interés en servir a su comunidad.

“Es en esto donde la Iglesia tiene un don particular. Esto es cierto lo mismo en Puerto Rico como en cualquier otra parte”, dijo Radtke a Episcopal News Service. “Tiene acceso a los más íntimos sentimientos de las vidas de la gente, y disfruta de un alto nivel de confianza que puede invocar desde el punto de vista de personas que se acercan a la Iglesia y ven a la Iglesia como un lugar que responderá a sus necesidades”.

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